A los horrores del humanismo, del laicismo, del secularismo. Al pensamiento natural, a ese deseo que pretende ser el zar. El único becerro de oro siempre fue el humanismo que astutamente puso al ser humano como el centro del quehacer, desestimando el Evangelio de Cristo con argucias. El humanismo es el promotor de la lujuria, del vicio, del escepticismo, de la irreverencia, de la filosofía terrenal, del oscurantismo “sin desearlo”. De la libertad pasamos al libertinaje. El lodo es nuestro hogar.